miércoles, 30 de diciembre de 2009

Balanceándose.


...y en el borde de las necesidades
tu sonrisa
inclinada hacia el abismo

y mis ganas de besos e idioteces

jugando a la equilibrista,
libriana,

pesando,

eligiendo,

soltándole la rienda
a los que se fueron hace rato,

con los ojos puestos en el horizonte

viendo como llega
lo que espero.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Prazel.



Abismada,

más allá del borde,

detrás del frío,

sin lunas ni soles,

sin espacios en blanco,

encerrada

en la última gota de lluvia

saciadora de sueños,

en busca de horizontes

cuajados de versos;


sin tu boca

diciendo mi nombre,

sin tus manos

marcando mi cuerpo;


austera y sola,


sin voz,

sin vos,

sin alma.

jueves, 13 de agosto de 2009

Sonata de gerundios.

Absurdamente,
acortando rutas para callar los silencios,
destruyendo horizontes para no ver la nada,
silbándole al viento que me acerque tus ojos,
con besos de sal y lengua de espuma.

Las ansias de ser una gota entre tus manos,
diluída, chorreante, fresca, húmeda.
Un eco ausente rimando a la deriva,
el compás lejano de tus noches.

Oírte.
Oírte al fin
susurrándome el tiempo entre los dedos,
colmando mis ganas con tus ganas,
espiando el útlimo rincón de mi coherencia.

Oírte,
para que tu voz sea savia entre mis labios,
tu voz etérea buscando un cuerpo,
tu voz que me atraviesa y me recorre.


sábado, 8 de agosto de 2009

Emedecu de havanas.


Ciudad ajena tan mía,

del otro lado de la puerta,

te ve mi mirada sucia y espejada,

sonidos de Silvio con guitarra,

una luz parpadeando en tu frente,

una ausencia que me quema las ganas.



Ciudad sin luna,

con labios fríos y ruido de llaves,

pasos golpeados por miles,

colores grises de historia y almas.



Y no sos París,

pero son tan Rayuela,

y no sos la Cuba,

pero sos tan Guevara,

y sos tanto tango ruin,

y tan cosmopolita,

y tan llena de mí

y tan ajena.



Ciudad del otro lado del vidrio,

sin sombras, sin caricias,

mientras te miro

te me clavás en el alma,

y me dejás tan sola:



un lugar común,

en algún café,

viendo como pasan tus horas,

sin un audaz que mire conmigo.

martes, 4 de agosto de 2009

Minúscula.


"pequeña
allí donde quisiera estar,
enrisotada,
atravesunda,
donde no quedan más realidades
que las que me invento"


Aproximaciones a “Condensación” de Leonardo Vercelli. * (Romina Tovar)

“El hombre de ayer ha muerto en el de hoy, el de hoy muere en el de mañana”
E apud Delphos
. Plutarco.

Sin lugar a dudas, una de las problemáticas mejor expuestas en el cuento del escritor argentino Leonardo Vercelli, es la de la construcción de la obra en términos de espacio y tiempo.
Condensación”, ya desde su título, delimita la brevedad del relato y la intencionalidad del autor, de plasmar en un cúmulo de palabras, un conjunto infinito de ideas. No escapa a la puntualidad de su significado, por lo que “Condensación” es pues, eso, una condensación: un resumen de hechos enumerados y continuos, hechos considerados trágicos y/o fundamentales para la humanidad y el devenir histórico, que ambiguamente se construye frente a la mirada del lector, como un todo atemporal en términos de recepción, y quieto, en términos de lectura.
A la vista, el cuento no posee espacios, sino una cadena de oraciones de pocas palabras, casi interruptas. No hay necesidad de decir a pedazos, ni fragmentos, ni silencios, ni blancos. Todo el texto se dibuja en una única continuidad comprendida desde el principio al fin.
Acaso no haya espacios en la oralidad de un narrador que articula sucesivas frases breves y apretadas, dejando la sensación de estar frente a un discurso desmedido y voraz, lleno de titulares y estadísticas, la acumulación de todos los saberes de un sujeto que acelera su voz ante la imposibilidad del tiempo.
¿Cómo contar toda la historia dentro de un margen textual, todo un acontecer lineal y ordenado, sin traicionar a la memoria y a la insuficiencia del lenguaje, sin dejar de decir la imposibilidad de, sin relativizar aquellos hechos que dan origen al decir mismo?
Vercelli parece resolverlo delimitando el texto no sólo a su brevedad espacial, sino también enmarcándolo dentro del tiempo mismo. Opta por la figura del reloj, casi en un gesto heideggereano, dándole al relato un comienzo y un final onomatopéyico: todo ese transcurso histórico que articula, frustra y dialoga con la voz del narrador, se encuentra comprendido en un espacio-tiempo de la mano de las agujas de un reloj. “Condensación” es un conjunto de hechos primordiales que la voz del narrador dice encerrado entre dos sonidos: tic, tac.
Dentro entonces de ese pequeño momento, de ese intervalo, otras cuestiones se desencadenan en el relato.
La sucesión de muertes como tópico que origina y le da cierta continuidad a la voz del narrador, es una de las más visibles realidades del texto. En este sentido, el texto, forma un ciclo propio, que comienza con un nacimiento, el del Salvador, y dispara todos los crímenes sucesivos a este hecho.
Ya sea que esté hablando de Herodes y la matanza de los inocentes, la muerte de Dios ante la ciencia, las torturas, las crisis políticas devenidas en guerras, la muerte del arte y la filosofía, la reescritura y corrección de los grandes pensadores y artistas, la muerte de la muerte misma plasmada en la figura de un “respirador artificial”, o bien, la culpabilidad del hombre indiferente a la matanza de la naturaleza y al auto-suicidio frente al avance de la tecnología; Vercelli delimita la historia como un nacer, un morir y un nacer de un otro: la voz de un narrador que refuta, que se debate entre un contar (lo que hicieron tantos) y un participar (del espanto en la misma criminalidad).
De los delitos que el narrador elige para su enunciación, se eleva el de la escritura, casi velado ante otro tesoro que ha sido causal de numerosos crímenes históricos. Por qué no pensar entonces, que cuando inquiere sobre la posesión y el deseo del petróleo como un flagelo del siglo XX, deviene en un justificar casi maquiavélico, en un pacto de fidelidad y ambición de un narrador que asume la primera persona, recordando que no hay literatura sin un crimen: “¡Oh viscoso y precioso líquido negro! ¿Qué no habré hecho por ti?”. La tinta, la escritura, como el motor que posibilita la voz, el crear, el poseer.
Después, todo es un avance devastador de descubrimientos e inventos, y la desaparición del hombre ante el hombre mismo y su creación: “¿Qué nos queda? Un montón de aparatitos que sacan. Ponen. Clavan. Lustran. Muelen. Retuercen. Copian. Entretienen. Excitan. Rellenan. Licúan.” La tecnología y la máquina materializan todas las imposibilidades del hombre, y el sujeto queda desplazado a la no producción, al no hacer, al no sentir, y en definitiva, a la muerte.
Nacimiento, muerte y vuelta a nacer, en una idea cíclica, de triunfos y apogeos, de fracasos y caídas. Y frente a eso, una voz que oscila entre la tercera y la primera persona, encerrada en un espacio pequeño de tiempo.
Pero dejar a esa voz sometida a la brevedad de un resumen en la inmediatez de un segundo, es pasar por alto, que esa voz tiene un yo que necesita ser construido ante tanta enumeración de situaciones y aconteceres. Un yo, que sólo se dice a sí mismo después de la historia de todas las traiciones y necedades, de todas las muertes.
Un yo que se construye condensado en todos los sentidos de la palabra: en el mismísimo ´punto de rocío´, donde el adentro y el afuera difieren en términos de sentir, y se produce la alteración, y el enojo frente a la realidad histórica, puesto en preguntas retóricas, en exclamaciones, en encomillados sarcásticos, en gestos de repudio, en cuestionamientos.
Un yo construido en la elección contradictoria e inevitable de la entropía (tendencia natural de la pérdida del orden) para hablar de la historia mediada por la memoria y el espanto, en el lugar opuesto a toda esa realidad histórica y anacrónica.
Un yo que se alza en comparación, en semejanza, en casi inexistencia, que va del decir al callar, y elige el último lugar en la fila, detrás de todos los empujes y avances, frente a todas las negaciones del ser, que sólo es ser-así-como:
“Un hombre como yo protesta. Declara el fin de la postmodernidad. Se llama a si mismo Retaguardista. Y calla para siempre.”
Sería suficiente dejar a ese yo en la no vanguardia, en el silencio casi imperceptible de la protesta. Pero ese yo, no acumula crímenes en su decir sólo para entretener a un lector que adivina a Túpac Amaru, a Evita o a Newton, mal escondidos entre esa escritura acelerada y puntual. Es un yo que parece necesitar de todos esos crímenes y muertes para decir la suya, ante unos ojos verdes innominados, ante el fin de un sentir. Un yo que elige callar un nombre, un tú, para no ser tildado de subversivo y anticuado. Un recontar como excusa la muerte de otros, los crímenes otros, para no necesitar decir la muerte propia, y poder callar.
Condensación” es en fin, un universo esencial y único, un pedazo de voz hecho texto, que “contiene todo el espacio y el tiempo” y que “Explota debido a la energía acumulada”.
Finalmente, ante el aire saturado y espeso, cae la gota de lluvia en la frente de una dama, y la voz que nace del sonido de la ruptura, duplicado en el inicio del relato, se condensa, cambia de estado, se transforma para mutar en un yo mudo, que se rompe.
Tac.

Romina Tovar.
• “Condensación”, en: Lo que recordamos de la nube. Leonardo Vercelli. Colisión Libros, Bs As, 2005.

miércoles, 29 de julio de 2009

Baires.


Nada más triste
que la oscuridad de la mirada,
nada más solitario
que el gentío haciendo eco.

Rejas.

Ciudad deforme y nebulosa.

A puerta cerrada se tejen secretos.

Nadie más mira,
nadie más dice.

Escucho en el tumulto
pasos octavianos,
que resuenan en otros pasos
que no son los míos.

Alguien como yo anda por ahí
robándole espacio al tiempo.

viernes, 17 de julio de 2009

Ando...



en blanca persecusión
por las paredes
de mi intelectualidad oxidada;

un recinto lleno de miradas ásperas,
un cubículo bajo la almohada,
un señuelo de cartón
masticado
por visitantes nocturnos detenidos
-equilibristas-
en el trampolín de mis pestañas,
un conjunto de idioteces juntas
-aplastadas, pegoteadas, redundantes-

ando
con la boca quebrada y ceniza,
con los dedos torturados de frío,
con los sabores del viento
añejados en el colchón amarillo y húmedo

y vos.

siempre vos,
con tu discurso ausente
de horas pasadas,
renegando con mi paciencia,
aquietándole el vestido a mi constancia.

vos.

y yo.

qué ganas de irme yéndote
y colgar de la cima del vacío
balanceándome como un péndulo,
dejándole el resto al olvido,
todo de una buena vez.

miércoles, 15 de julio de 2009

Ente.



No tengo dónde amontonar los deseos.

Soy un pedazo de algo que ya no existe,

como el resto de luz en la caída de una estrella,

desvaneciéndome, transparentándome.

Ahí donde nadie me mira

me guardo la boca para proteger tus besos,

me guardo la lucidez para no perderte el rastro,

y entro sumisa

a un bosque húmedo y espeso,

rodeada de marchitas sombras,

enjaulada en agua sucia,

arañando los restos de paciencia,

mutilando mis posibilidades.

No tengo más que el deseo de tenerte,

y éste está arrumbado en un rincón

junto a tantos otros,

que me perforan la piel con tu nombre

y me apretan hasta las venas.

domingo, 12 de julio de 2009

Zacatúfates con sombrero. (Romina Tovar)

-Zacatúfate – dijo Lino.
-¿Qué?
-Zacatúfate.¡Zacatúfates!–y levantaba los brazos a los costados y los dejaba caer con fuerza mientras decía ”bffuufff!“, así, como cuando uno está enojado, inflando los cachetes.
-¿Qué?-le pregunté de nuevo- no te entiendo nada.
-Zacatúfate. ¿Entendés? Za-ca-tú-fate –y otra vez “bffuuufff”

Yo no entendía nada, pero con Jorgelino, ya estaba acostumbrado, le gustaba hacerse el misterioso y siempre tenía alguna aventura nueva para contar. Eramos mejores amigos, así que yo escuchaba todas sus aventuras y le creía, porque el me creía a mí, incluso me creyó, cuando conté la historia del día que me encontré con el hombre araña en la puerta del colegio, y que nadie me vió porque llegué tarde, y ya estaban todos adentro.

-No te entiendo nada, decí despacio, ¿zacaqué?
-¡Zacatúfate!¿Entendés? ¿No sabés lo que son los zacatúfates? Mirá, pará que te muestro.

Yo ni respondí, igual no sabía lo que eran, pero ¿se imaginan la cara de Lino si le digo que sí? Uff, se me quedaría mirando con ojos redondos, y frunciría el ceño, y torcería la boca… a mí me da mucha risa cuando hace eso. Pero yo no sabía lo que eran los zacatúfates, así que no dije nada, moví la cabeza haciendo un “no” mientras Lino sacaba una bolsa de tela oscura de adentro de su mochila.
Abrió la bolsa con extremo cuidado mirándola fijamente y de vez en cuando, mirándome a mí, con cara de suspenso. De adentro de la bolsa sacó una caja de madera que tenía una cerradura parecida al diario de princesas de mi prima Eva: chiquita, muy chiquita.

-Tomá, tené, que no se te caiga- y me dio la caja de madera que tuve que sostener con las dos manos, porque no era muy liviana.

Lino abrió el bolsillo de la campera y de adentro sacó una llavecita, la limpió con el puño y la alzó entre dos dedos, y los dos nos quedamos mirando la llavecita, que apuntaba al cielo.
Con mucha destreza, y a pesar de que me resultaba pesaba, di vuelta la caja de madera, de modo que a Lino le quedaba enfrente la cerradura. Despacio, y sin dejar de mirarme, Lino abrió con la llavecita la caja que yo tenía entre mis manos y como la tapa se abría hacia arriba, yo no vi nada, tuve que ponerme en puntas de pie y mirar por arriba de la caja, para ver qué era lo que había ahí adentro, lo que Lino miraba con ojos brillantes y sonrisa de costado.

¡No lo podía creer!
Adentro de la caja había todo un mundo de personitas,¡no, no, no personitas!, bichitos,¡no no,tampoco bichitos!, cositas,¡sí!, algo así como cositas, vestidas de colores, zapatos y sombreros. Desde acá arriba yo podía ver que tooooodas esas cositas, tenían sombrero.

-Lino,¿qué son?- pregunté alarmado
-Zacatúfates, -dijo Lino y mientras me sacaba la caja de las manos y la iba poniendo en el piso del patio del colegio.

No pude dejar de notar que la caja medía lo mismo que una baldosa, y tampoco dejé de notar que la cara de Lino era de super contento y satisfecho, por mostrarme algo realmente desconocido para mí que disfrutaba viendo en libros dibujos de bichos raros.

-¡Zacatúfates, che!, ésto es de lo que te estaba hablando, ¿nunca habías visto uno?
-La verdad que no -le dije mientras me sacaba la mochila y me despatarraba en el suelo. Por suerte ya no había nadie en el patio del colegio, todos se habían ido al aula de matemáticas, pero a Lino y a mí, no nos gustaban esas cosas, y entonces siempre llegábamos más tarde, y la seño Julia nos retaba y nos amenazaba con darnos quinientas cuentas para hacer en el recreo, y después, se olvidaba y nos íbamos al recreo igual.

Vi que las cositas esas comenzaron a dejar de hacer lo que estaban haciendo, y empezaron a quedarse quietos y mirar hacia arriba, mirarlo a Lino, mirarme a mí, mirarse entre ellos, mirarme a mí de nuevo.

-Te los voy a presentar. Mirá, él es: Zacatúfate -y una de esas cositas de la caja de madera me dijo “Buenos días” y me saludó sacándose el sombrero y haciendo giros y más giros con él, mientras se agachaba hacia adelante hasta quedar muy agachado. Ustedess saben, como en las películas, así.
Le respondí con un “hola” y una sonrisa, aunque en verdad me pareció que nunca me había dicho su nombre.
-Éste de acá es Zacatúfate -y otra cosita con pantuflas y bufanda de lana, sí sí, y también con sombrero, me saludó con un efusivo “¿Cómo le va?”

Miré a Lino que ni me miraba, sólo alzaba el cuello y hacía que buscaba a otra de esas cositas para presentarme. Me llamó mucho la atención pero no dije nada, porque cuando quise pensar en hablar, un tercero se adelantó y me dijo “Muy buenas tenga usted” mientras alzaba el sombrero y desparramaba sus pelos que le tapaban los ojos y la nariz. “Yo soy Zacatúfate, a su servicio.”

¡Ah, no, esto no podía ser!, lo miré a Lino pero nada, se hacía el distraído, y me seguía presentando a todas esas cositas inquietas y tan educadas, que ni me daba tiempo a decir nada.

Uno por uno, se fueron presentando todos los zacatúfates esos, eran tantos que ni sé cómo se cuenta ese número, y todos, desde los más gordos hasta los más bajitos, desde las de trencitas, hasta los de paraguas y pañuelo, todos usaban sombrero, y todos se llamaban Zacatúfate.
Una vez que todos se hubieron presentado y que Lino me presentara a mí como su mejor amigo y compañero de banco, se sonrieron, se tocaron el sombrero y siguieron con sus quehaceres. Entonces, nosotros aprovechamos para cerrar la caja con llave, ponerla en la bolsa de tela y guardarla en la mochila, mientras caminábamos serenos hasta el aula. ¡Ufff, si que había pasado mucho tiempo!

Los pasillos del colegio eran largos como ciempiés y el patio estaba dos pisos debajo del aula de Primero "A". Así que mientras subíamos las escaleras muuuuuy placenteros, noté que Lino me miraba de reojo rápido y miraba hacia otro lado cada vez que yo lo veía, cómo cuando miro a Pamela y ella me está viendo.
Yo lo miraba pero no decía nada, sabía cómo era Lino y mucho no se iba a aguantar, iba a decirme solito lo que pensaba.

-¿Qué? –me dijo- ¿no me vas a preguntar nada? Ya sé lo que estás pensando.

Y sí, yo me moría de ganas de preguntarle si se había dado cuenta de que todos los zacatúfates se llamaban así, Zacatúfetes. ¿Cómo harían para no confundirse entre ellos y saber de quién hablaban cuando hablaban de Zacatúfate? ¡Eran tantos! Me quemaba el coco pensando, y estoy seguro de que Lino quería que le preguntara eso, pero no se lo pregunté.

-¿De dónde los sacaste?

Miró hacia atrás por si alguien nos seguía y escuchaba nuestra ultra secreta conversación, me agarró del hombro y con vos bajita y medio encorvado, me dijo:

-Y, estaban ahí, ¡no sabés!, debajo de la cama. Pará,pará que te cuento, fue así: El otro día, cuando fue el cumpleaños de mi primo Juampi, tuve que meterme abajo de mi cama a buscar las zapatillas blancas, esas que no me gustan y que mamá me las hace poner para las fiestas. En realidad, si era por mí, no buscaba nada, me ponía cualquier cosa, los zapatos del colegio, las zapatillas estas, las botas de lluvia, pero seguro que mamá me retaba y no me dejaba ir al cumpleaños, o peor, me dejaba ir y no me dejaba jugar al fútbol, y si no iba y no jugaba al fútbol después no iba a poder comer el postre de chocolate que hace mi Tia Claudia, que está re bueno, ese que comimos cuando ganamos el partido en la colonia,¿te acrodás?. Así que me llené de valor y coraje, y me agaché a buscar las zapatillas debajo de la cama.

La cara de Lino era la de un aventurero venido de otro mundo, hacía muecas, hacía gestos con las manos, me miraba con los ojos muy abiertos y de vez en cuando, miraba a los costados para ver si había alguien, y bajaba la voz, porque ya la había levantado de la emoción.

-Vos sabés que yo siempre pensé que había algo debajo de mi cama, porque, ¿te acordás en jardín? ¿Te acordás que yo escuchaba ruidos y risitas? Bueno, yo pensaba que había algún fantasma, o un monstruo cavernícola con dientes afilados, o un montón de muerciélagos chillones. Así que me puse de rodillas, miré hacia el costado, apreté fuerte los ojos y metí primero la mano, y después todo el brazo debajo de la cama. Y empecé a tantear el piso, estaba frío y lleno de pelusa, y de repente, escuché un “zacatúfete, más cuidado”.
Saqué la mano rápido y vi q estaba toda sucia, traté de mirar pero estaba oscuro ahí abajo.
¿Me había hablado la zapatilla? Mamá siempre decía que se iban a ir caminando solas de lo poco que las cuidaba, y que le iban a nacer plantas de toda la tierra que juntaban.

Ahí los dos estábamos de acuerdo, hicimos un gesto afirmativo con la cabeza. Yo sabía de qué estaba hablando porque mi abuela Bruna siempre me dice lo mismo, pero no de las zapatillas, me dice que me van a salir las medias hablando de adentro del ropero, porque no lo ordeno nunca.

-Y bue, -siguió Lino- yo no quería creer lo que había escuchado. Medio como que me asusté y casi corro a decirle a mamá. ¡Menos mal que no fui!. Me arrepentí porque me puse a pensar en que me iba a decir “viste, yo te dije, ahora andá y ponete las zapatillas”. Así que respiré hondo y volví a arrodillarme, cerrar fuerte los ojos, llenarme de valor y coraje, y meter el brazo entero debajo de la cama, pero esta vez lo empecé a mover para todos lados, más rápido y más fuerte, a ver si así encontraba la zapatilla. Y ahí,¡no sabés lo que me pasó!, yo sentí que había golpeado algo, como cuando pasás la mano arriba de los caramelos que se caen de la piñata, y de repente escucho muchas vocecitas murmurando y quejándose, decían “Zacatúfate, por favor” “ Pero que zacatúfate, que falta de modales” “ Aaayyy, zacatúfate”.
Me paré de golpe y pensé “esta vez es de verdad”, pero mamá no podía tener razón, mirá que me va a salir una planta habladora de la zapatilla. Se me ocurrió que seguro había sido la vecina del otro piso, que siempre habla muy fuerte en el teléfono porque está medio sorda, pero seguí escuchando las vocecitas y venían debajo de la cama. Así que quise mirar, pero no se veía mucho, me pareció ver a lo lejos allá atrás, la zapatilla, y en eso, unas cositas me pasaron muy rápido por delante. Definitivamente ahí había algo. Corrí la mesa que usamos para hacer la tarea, le puse una silla encima, y me subí haciendo equilibrio hasta la repisa donde mamá pone la vela de noche, para que no me duerma a oscuras. Y fui a escondidas al comedor y le robé a papá el encendedor de Boca que usa siempre.

-¿Está re bueno no? y es re fácil de usar. El novio de mi hermana tiene uno, pero no es de Boca, no sé de qué es, para mi que es de un equipo de otro país.

-Bueno pará que te sigo contando- Lino me agarró del hombro para que no me escape, pero yo no me quería escapar, quería saber si las cositas esas habían salido de la zapatilla. Y me siguió contando con voz de misterioso.

-Prendí la vela y tratando de no soplar para que no se apague, me arrodillé de nuevo y miré debajo de la cama. Ahí estaba la zapatilla, muy atrás, a mi derecha, y a la izquierda, ¡¡zas!! No lo podía creer, un montón de cositas coloridas, levantándose del suelo, sacudiéndose la ropa, peinándose los pelos, acomodándose cada uno su sombrero.
¡Uhia! –dije- ¿y ustedes, quiénes son? ¿De dónde salieron?
"Somos zacatúfates señor, vivimos debajo de su cama, al lado de la zapatilla. ¡Es un placer conocerlo!"
-Y así fue como los encontré, empezamos a hablar, me ayudaron a alcanzar mi zapatilla y me prometieron que no se irían a ningún lado así podíamos seguir charlando cuando volviera del cumple de mi primo. Y cuando volví ahí estaban, asi que como yo les saqué su zapatilla, les compré esta caja de madera con la plata de los dientes, para que vivan ahí y yo pueda cuidarlos del hámster de Ramiro y de la aspiradora de mamá.

-¡Guau!¡Increíble!,¿y te dijeron de qué raza son? O ¿qué son? No parecen personas, pero usan sombrero.

-¿Viste? Yo también me sorprendí, siempre usan sombrero, haya sol, esté lloviendo, estén en la caja o se suban a mi cama, incluso cuando pasean en los autos de la pista de carreras, para nada se sacan el sombrero, más que para saludar. Y hay otra cosa que es muy loca, ¿te diste cuenta?
-Sí
-¿Sí? ¿Seguro?
-Sí,sí.-le dije con una voz muy tranquila y mirando el pasillo -Che, la seño Julia nos va a matar, ya pasó un montón de tiempo, no sé cómo no nos están buscando.

Lino me miró con cara de sorpresa, yo sabía lo que quería, pero también era verdad que nos habíamos escondido de la Seño durante mucho tiempo. Cuando se dio cuenta, cambió la cara y empezamos a correr al aula.
Esta vez sí nos quedamos sin recreo, y tuvimos que hacer muchas cuentas, casi tantas como los zacatúfates.

Durante toda la tarde no pude pensar en otra cosa que en ellos, ¿a qué se dedicaban?, ¿cuál era su comida favorita?, ¿les gustarán las milanesas? Ya quería que fuera el otro día para pedirle a Lino que me deje charlar con sus zacatúfates,
y en eso, cuando estaba haciendo la tarea en el libro de actividades, y tenía mi lápiz preparado para dibujar una tortuga, sonó el timbre y al rato subió Lino corriendo las escaleras.

-Acá vino Lino a hacer la tarea, hagan todo y después les preparo la leche mientras ven los dibus.

Apenas abuela se fue a preparar la leche chocolatada, Lino cerró la puerta y me miró con espanto –¡se perdió Zacatúfete!-me dijo.

Dejé mi lápiz verde sobre la mesa y cerré el libro de tareas. –¿cuál?,¿cuál de todos? -le pregunté.

-Zacatúfete, el de sombrero verde con letritas. Tenemos que buscarlo, tiene que estar en algún lado, si se quedó en el colegio, alguien puede robárselo y querer llevarlo a un circo, ¿Vos no lo viste a Zacatúfate?

-No, yo no, la última vez estaba con vos, me dijo “que tenga un maravilloso día” y se puso el sombrero con letritas, me re acuerdo, porque el sombrero tenía muchas letritas iguales, muchas zetas. Después cerramos la caja, y la pusimos en la bolsa y ahí en tu mochila, ¿no quedó en tu mochila?

-No, ya revisé. Nada. Nada de nada. Se perdió, y espero que no se lo haya comido el hámster de Ramiro.

-No creo Lino, hubiera escupido el sombrero.

-Tenés razón.

-Bueno, lo mejor es preguntarle a los otros zacatúfates cuándo fue la última vez que lo vieron.


Dicho y hecho, Lino sacó la caja de madera de la bolsa de adentro de la mochila, y les hicimos formar una fila muy larga a todos los zacatúfates para así interrogarlos.
Uno por uno, muy educados, y siempre sacándose el sombrero al saludar, todos los zacatúfates respondieron a nuestras preguntas:
Todos dijeron que la última vez que lo vieron, llevaba un saco marrón a cuadritos y un sombrero verde con letritas. También nos dijeron que Zacatúfate era muy bueno, y educado y siempre saludaba sacándose el sombrero. Todos coincidieron que era tan amable como todos los zacatúfetes y además me confirmaron que a todos ellos les gustan las milanesas.
Nada de lo que nos habían dicho nos servía para encontrarlo, y a mí se me ocurrió que podíamos gritar su nombre hasta que escuchara, pero todos bajaron la cabeza resignados, incluso Lino.


¡Que detalle! ¡Todos se llamaban igual!, si gritaba “Zacatúfete,¿dónde estás?”, “Zacatúfete, te estamos buscando” o “Zacatúfete, ¿dónde te has metido”, puede contestar cualquier zacatúfete, bueno, no cualquiera, todos.

Creo que ellos sabían lo malo de tener todos el mismo nombre, por eso agacharon la cabeza casi dándose por vencidos.Pero a mi se me ocurrió que en la escuela, también hay muchos chicos que se llaman como yo, y aveces nos confundimos cuando nos llaman en el patio, y casi todos los que nos llamamos igual, nos damos vuelta para responder. Pero a veces no. Es que yo sé cuándo me están hablando a mi y cuando a los otros que tienen mi nombre. Además, como dice la abuela Bruna, todos tenemos algo que nos hace distintos a los demás.

Así que me preparé para hablar muy seriamente con todos los zacatúfates, incluso con Lino, que estaba muy triste porque ya no sabía qué hacer para encontrar al que estaba perdido, y empezaba a sospechar otra vez del hámster de su hermano Ramiro.

-Queridos zacatúfates y zacatúfates, estamos acá reunidos para tratar de resolver el caso de la desaparición misteriosa de Zacatúfate... -y no terminé de decir ésto cuando una de las cositas con sombrero violeta y flores en mano se levantó de su silla y dijo:
-¿Qué? ¿Qué cosa? ¿Qué me decían? Dijeron Zacatúfate, ¿no? ¿Qué pasó?, estaba medio dormida, disculpen.

-¡Ay! –dijo un zacatúfate con bigotes y sombrero con plumita- si serás despistada, no están hablando de vos Zacatúfete, están hablando de Zacatúfete, ¿entendés?

-¿De quién? ¿De mi? –dijo una zacatúfete con vestido floreado y sombrero capelina - ¿pero yo que hice?

-No, me parece que no hablan de vos, hablan de Zacatúfete.

-¿Quuuuueeee? No, no les voy a permitir, acá nadie habla de mí… hablemos de Zacatúfete, que se perdió.

-Eso es de muy mala educación, no se habla de los que no están presentes, y Zacatúfete no está.

-Sí, estoy, acá estoy –gritó un zacatúfete con ojotas y sombrero de paja, y alzaba los brazos mientras saltaba, porque estaba muy atrás, y tenía miedo de que no lo vieran.

-No vos, no, vos no…


Lino y yo nos mirábamos y no sabíamos qué hacer. Si seguían gritando así abuela Bruna se daría cuenta y lindo lío íbamos a tener.


-¡Ssshhh!, silencio, silencio. Tienen que calmarse, así no los podemos ayudar a encontrar a Zacatúfate.

A mi me seguía rondando en la cabeza lo que mi abue Bruna siempre me decía, "todos somos distintos", incluso las melli de enfrente, si las mirás bien te podés dar cuenta cuál es la que dibuja mejor y cuál es la que sabe andar bien en bicicleta. Yo ya me las conozco de memoria, estamos casi todo el tiempo juntos, cuando no estoy con Lino, claro, porque Lino no se junta con ellas, dice que no juega con nenas.

-¡Sí, ya sé cómo ayudarlos!¡Tengo una gran idea! -grité, mientras los zacatúfates se sentaron a esperar que les cuente mi idea, y noté que Lino, me miraba con esa cara de boca torcida y ceño fruncido, yo sé que es porque la idea no se le ocurrió a él, porque a él se le ocurren siempre las mejores ideas.

-Todos ustedes tienen el mismo nombre, ¿verdad? –dije en tono pausado y agarrándome la pera- Se presentan cada uno con su nombre “Zacatúfate” como Lino se presenta con el suyo y yo lo hago con el mío.
"Ahá" dijeron todos, "¡es muy cierto!" dijeron otros.

-Bien, pero cuando tienen que pedirse algo o buscar a alguno de ustedes dentro de la caja, no se llaman por sus nombres pero de todas formas se encuentran.

-¡Sí claro, eso es muy fácil!

-¡Sí sí, totalmente cierto!

-Bueno, eso es porque ustedes se conocen muy bien y saben cómo es cada uno, qué cosas hacen, qué comida les gustan, aparte de las milanesas, y hasta de qué color es su sombrero.

-¡Es verdad! ¡Es muy sabio!

-¡Sí sí, es muy cierto!

-Apuesto mi leche chocolatada, a que todos hacen muy bien algo diferente.

-¿Cómo? – dijeron los zacatúfates -¿qué nos quieres decir?

-¡Eso mismo!, que seguro cada uno de ustedes sabe hacer algo muy bien, mejor que los demás. Yo por ejemplo, soy un excelente dibujante, según mi Seño Lola y según mi abuela Bruna.

-Es verdad- dijo Lino- dibuja muy bien, las tortugas marinas son su especialidad, de todos los tamaños y colores. ¡Y vos Zacatúfate?. Vos, de sombrero rojo con pintitas… ¿qué sabés hacer?

-Ay, bueno, yo, no sé, me parece que me salen ricos los panqueques…

-Sí, sus panqueques son los más ricos- dijo un zacatúfete sacándose el sombrero-

-Son muy dulces y muy llenos de mermelada –dijo otro con corbata y portafolio- y ante los elogios de todos, la zacatufete de sombrero rojo con pintitas se puso tan roja como el sombrero.

Bueno- dijo Lino, y ya no tenía el ceño fruncido porque a él también se le había ocurrido una idea- vos entonces podés ser una “zacatúfate panquequera”.

-¡Que maravillosa idea! –gritaron en el fondo.

–¡Sí, sí, es una panquequera… sin lugar a dudas!– vociferaban otros.

-¿Vieron? El zacatúfate de sombrerito verde con letritas y saco marrón a cuadritos, también debe tener una gran habilidad.

-¡Sí! ¡Por supuesto! Zacatúfete es un excelente cuentacuentos- dijo uno con barba blanca y bastón.

-¡Claro! ¡Totalmente cierto! Le cuenta cuentos a los chicos todas las noches antes del sueño- dijo una señora zacatúfate con delantal y ruleros .

-Bueno- dijo Lino- entonces habría que llamarlo “cuentacuentos”.

Y apenas Lino terminó de decir esto, todos los zacatúfates se miraron y comenzaron a levantarse del suelo, y con las manos haciendo un círculo alrededor de la boca, comenzaron a gritar:
-“¿dónde estás cuentacuentos?”, “¡¡cuentacueeeennnntoooooss!!”, “te estamos buscando cuentacuentos”, “¡hola cuentacuentos!,¿estás ahí?”- y se desparramaron por toda la caja de madera, y la mochila y la campera de Lino, que los miraba desde arriba con las manos en la cintura y buscando entre el gentío, no, no el gentío, no, ¡el cosío!, porque son cositas.

Pasó un rato largo, y hasta abuela Bruna nos trajo la leche chocolatada. De a ratos nos venían a preguntar si sus nuevos nombres eran apropiados
-Yo seré un zacatúfate panadero, mis panes son los más dorados y los más sabrosos, y todos están de acuerdo.
-Yo seré una zacatúfete jardinera, mis flores son las más coloridas y las más perfumadas de todas, y puedo regalarles flores a todos los zacatúfates que quieran un jardín nuevo.

Y así, tantos de ellos que perdí la cuenta, y mientras tomábamos la leche y comíamos bizcochuelo, de un rincón de la caja, detrás de unas pilas arrumbadas de libros y tinteros, apareció el zacatúfate de sombrero verde acomodándose los anteojos al mismo tiempo que el sombrero.

-Me pareció que me llamaban, ¿alguien quería oir un cuento?– dijo con cara de sorprendido, al ver a todos sus vecinitos, revoltosos y contentos.

-¿Dónde te habías metido, cuentacuentos?- dijeron las zacatúfates mientras se ajustaban los sombreros.

-¡Nosotros, nosotros queremos oírte!- dijeron los zacatúfates chiquitos mientras hacían ronda alrededor del zacatúfate cuentacuentos.

Así, los zacatúfetes se metieron en la caja, felices de sus nuevos nombres y se prepararon para escuchar el cuento, mientras una zacatúfate preparaba una rica sopa de calabaza y un zacatúfate pastelero horneaba el postre.


Lino cerró la caja con llave, guardó la caja en la bolsa de tela, la bolsa de tela en la mochila y la mochila la dejó a un costado, porque ahora era hora de dibujar esta gran aventura con zacatúfates y tortugas, aunque después nadie nos creyera.

Zacatúfate cuentero,
pirulín pirulero,
Zacatúfate enamorado,
este cuento se ha terminado.

viernes, 10 de julio de 2009

De los veintinueve cantares del viento.


En blanca lluvia
de ojos y bocas,

amapolas que vuelan,
pesadas,


digo,
no lirios,
amapolas,
digo amapolas


en caminos arrebolados
y compadritos,
con crispadas manos
de fabricantes,


digo amapolas,
no digo más nada,

amapolas.

Tu voz de plateado yunque
y esmaltado olivo,
tu voz
alada,
golondrina,
creciente,

en miles de nombres
donde encallaste tu nombre
y te lloran los sabandijos,
los luciérnagos, los tuyos.

Digo amapolas
y así quiero que sea,
en blanco enrojado sendero,
azul de luz,
tan tibio.

Te lloran los quedantes,
los pebetos,
lagartijos, muchachos, orugas,
en blanca lluvia de ojos y bocas
que repiten asonantes
tus latidos,


te extrañan los pelandrufos,
compinches, atorrantes,
tus quereres...


amapolas,
amapolas digo
y dos monedas para el barquero,
mientras el viento canta
y te lleva,
te lleva.



(A Patricio Videla 2/10/79 - 26/06/09)

Sol...


Un ser etéreo
viviendo la vida de un algo,
sometido a prisiones
de cuerpos y mentes,
un ser que se eleva
entre signos de pregunta
y malabaristas,
abanico de sombras
sus pestañas
sacuden la nada,
evaporan la aurora.
Delante,
el deseo furtivo
de conseguirse alas,
y otra vez vaciar los rincones
de todas las absurdas
oscuridades del mundo...
Con ojos de alondra
y un puñado de lápices,
se amengua paciente,
se acurruca
en un colchón de hojas,
esperando la brisa que la libere,
y dar el salto,
para ser,
tan solo ser,
mariposa.
(¡Feliz Cumple Sole I.!)

Árida.


Hoy mis ojos


sólo tienen una imagen,


tu voz me inunda,


todo mi ser,


todo mi yo,


se ahoga en tinta espesa


queriendo decir.



Nada me abruma tanto como tu ausencia,


me agiganta las pupilas,


me sujeta la lengua...



voy pisando tierra seca


mientras me alejo de vos.

martes, 7 de julio de 2009

Tvoje besede.


Atesoro tus palabras

en un papel aceitoso,

añejadas, desteñidas,

diluyéndose en el tiempo,

casi blancas,

transparentes,

aun perseverantes.


Me miran y se ríen

con tu misma risa bufa,

sobre astistas y ministros,

sobre Nietzche, sobre el tiempo.


Me hablan de vos mismo,

de tus musas y tus sueños.

me dicen sobre nadas,

sobre todos, sobre seres.


Tus palabras casi mías

con mayúscula, subrayadas,

nómadas con flechas,

apiladas en subtítulos.



Tus palabras retorciéndose

en el fondo de un bolsillo.


Donde nadie las mira yo las cuido,

para que me traigan tu voz a mis ojos,

para que me susurren tus pupilas al oído.

domingo, 5 de julio de 2009

Vahelise.


Inundada

de agua espesa

y oscura,

en todas las cavidades,

esperando germinar,

siendo

un conjunto de palabras

que aun no existen.

Fantasmas de humo gris

y nauseabundo

recorriendo todos los rincones,

ríos de llanto,

parcos,

desquicio crónico.

Pintándote el recuerdo

con letras jamás inventadas

dispuestas a mancharte

el borde de la boca

con pedazos

de mi.

sábado, 4 de julio de 2009

Plesalka.


Incertidumbre,

un vaivén,

un vagón,

desasosiego...

millones de ojos

enfrentando a sus ojos,

millones de voces

usurpando su boca,

y en el medio de los giros,

y en las aristas del deseo,

una bailarina en pose

de caja musical...


(tules detenidos,

aire contenido,

próxima a danzar).


Un vagón,

un vaivén,

incertidumbre...


y los miedos punzando en las costillas,

y las luces extinguiéndose más cerca,

y los brazos frágiles, firmes en arco

y las puntas de los dedos entumecidas...


(venas congeladas,

risa sostenida,

próxima a estallar).


Si finalmente

no es más

que un castillo de naipes

erguido frente al viento,

eternamente recomenzando,

burla atroz del péndulo,

en el vaivén

del vagón

del desasosiego.

Acorpos.


Un infinito de estrellas

llorando

y tu cuerpo en mi cuerpo

aplastando mi cuerpo,

contra la nada.

(una vieja herida arraigada)


Tu cuerpo...

y toda mi piel escamándose,

desde que tus ojos no me tocan

desde que no me respiran tus ganas,

me vas consumiendo

mi tiempo, mi razón y mi espacio:

todo tu cuerpo impregnado en mi cuerpo

hasta el hartazgo.


Y ahora tu cuerpo,

en otro cuerpo,
ahora,

dejándome al descubierto,

roída y amontonada.

jueves, 2 de julio de 2009

Cachivaches.




Objetos, libros, marionetas,
siempres;
un baúl encerrado
en un ropero de escobas;


velas, horas, fanales,
discos en falsete,
un vestido arropado
y desteñido.



El vapor de un caldero
oxidado a destiempo,
un sin fin de mariposas nocturnas,
una sombra con nombre y con alas,
una luciérnaga asfixiada en un frasco.



Y los ojos buscando
un minúsculo acierto,

entre el polvo, el dolor y la ausencia,

un maullido,
un sentir,
un latido,
y una voz,
que revolotea sin saber dónde.


Cosas
amontonadas y heridas
de tanta memoria y constancia,
de la no muerte, del despojo,
abandonadas en una fiesta de neuronas.


Cosas
arrebujadas y roídas,
que quieren partir
a ser viento,
a ser aire.

miércoles, 1 de julio de 2009

Cativa.

Vivo en una caja

oscura.

Sé que en mí hay

destellos,

chispas que queman la piel

y quieren salir,



y aún no encuentro el modo

para dejarme ser

sin miedo a ser.



Vivo en una caja de laterales húmedos,

mojados de tantas ganas

y de tanta tinta.



Busco,

pero no encuentro

una grieta áspera y rocosa

que me aleje de tu boca.



Siempre danzando

etérea ante tus ojos,

sin poder ser

sin tu mirada

construyéndome un delirio.

martes, 30 de junio de 2009

Ingrafía.


Mi pequeña letra
volcándose ante tus ojos,
casi como un hilo de tinta
chorreándose
inerte
acurrucada,
esperando tus dedos
impaciente-s-.

Mi pequeña letra y yo

desquiciadas

de tantas ganas de verte,
de tantas ganas de ser atravesadas
por tu irónica sonrisa.

Mi pequeña letra
escurriéndose
entre tus manos,

no puede ser,
no llega a ser

canción,
poema,
oda,
lamento,
nada,

sin tu lengua
dibujándome el contorno
del papel en blanco,
sin tu lengua
inventándome un terreno.

lunes, 29 de junio de 2009

Soy...


No puedo enterrarme

con todo lo que late en mí,

para complacer

los abismos

de tantos otros...


soy


esa cosa chiquita con boca de sueños

y un puñado de crayones

para mamarrachear al mundo.


Soy y voy

pintándole muecas a los espejos,

rompiendo los cristales

que me amenazan la incoherencia.


Soy lo que le molesta al viento

cuando se desquicia.


No mido más

que la distancia de tus ojos

sobre mí.


Soy redonda y acurrucada,

con la nariz pegada a las hojas

cuando te escribo...


-un racimo de pupilas violetas

desangrándose por dentro.-


Y ahí voy otra vez,

inquieta y desprolija,

a hacerle garabatos a tus ganas.